Democracia de papel

Reflexión sobre cómo los ciudadanos pueden transformar su voluntad política en poder real y duradero, mediante la organización económica, la participación institucional y la cooperación, creando incentivos materiales que permitan construir una base social sólida

PODER POLÍTICO

Ricardo Álrezguillos

10/14/20263 min read

La democracia actual, como método de generar cambios positivos, cada vez funciona peor, no porque en su esencia fuere así, sino porque el estado, se encuentra capturado por varios actores, que empujan no al interés general de la sociedad, sino a satisfacer su interés propio y egoísta.

Aunque en el papel, en lo positivo, se diga que la soberanía se encuentra en los ciudadanos y que por medio de las elecciones esta se manifiesta, en la practica, dicha manifestación no logra ser tal, puesto que cuando intenta de hacer su voluntad se ve entrampada frente a intereses de todos los gustos y colores. los poderes fácticos como le gusta decir a la izquierda, aunque nos quedaríamos cortos con la visión que propone dicho grupo político.

Seria de una hipocresía tremenda, afirma que la izquierda misma no actúa como un poder fáctico, claro está que quizás no se mueven únicamente por el dinero (como los poderes fácticos que ellos denuncian) su causa de ser es ideológica: Feminismo, socialismo, progresismo, interculturalismo, etc. todos estos conceptos afectan la sana convivencia en la sociedad de una u otra manera, y los cuales detesto en una proporción no menor.

Por el otro lado, los de derecha, cumplen su misión como lo señala la izquierda, le cuidan el negocio a los poderes fácticos intrínsecamente económicos, aunque algunos impregnados con las ideología de izquierda cumplen doble función, la de cuidar el patrimonio ajeno y la de degenerar a la sociedad a la vez.

Así pues, cuando el clamor popular vota al candidato de turno con la expectativa de que este solucione sus problemas, atienda sus intereses y satisfaga sus necesidades más prácticas, y dicho candidato finalmente gana las elecciones, los votantes se ven rápidamente decepcionados y frustrados, puesto que los cambios no llegan o no se producen en la proporción prometida. Y ¿cómo no iba a producirse dicha situación, si la soberanía positiva no sirve de nada cuando no se encuentra respaldada por un poder real que la sustente?

Para ilustrarlo de mejor manera, podemos recurrir a un ejemplo de una escala mucho mayor, pero que resulta igualmente ilustrativo: ¿de qué nos sirve que, en el papel, se reconozca la soberanía de un país sobre determinados territorios, si estos son explotados y habitados mayoritariamente por ciudadanos del país vecino? ¿Acaso no estaríamos ante una situación de facto, en la que el ejercicio efectivo de dicha soberanía se ve comprometido, independientemente de su reconocimiento formal?

Es por ello que todo reclamo debe contar con un respaldo que le otorgue fuerza real. En el ejemplo anterior, dicho respaldo estaría constituido por unas fuerzas armadas suficientemente poderosas, capaces de hacer valer la voluntad del Estado si fuese necesario. A nivel ciudadano, el voto también debe venir respaldado por un poder real que permita transformar la voluntad popular en cambios efectivos.

Pues, la pregunta que deberíamos hacernos es ¿de qué manera podrían los ciudadanos construir este poder? Actualmente, tenemos la facultad de elegir al presidente, al Congreso, a los gobernadores, alcaldes y concejales. Sin embargo, ¿Cómo conseguimos que la labor de estas autoridades sea efectiva una vez que asumen sus cargos dentro del Estado? La respuesta es mediante el poder. Y dicho poder puede manifestarse de diversas formas.

Hasta ahora, la única respuesta pacífica a la que he llegado consiste en jugar el juego del sistema, mediante la formación de cooperativas, la compra de acciones de empresas estratégicas y la ocupación de puestos dentro del Estado por personas afines al proyecto. Sin embargo, este modelo debe tener una salvedad: los beneficios generados deben repartirse entre los socios de la cooperativa, incentivando así a las personas a unirse a ella, no necesariamente por motivos ideológicos, sino por un interés monetario. Esto no impide que sus organizadores tengan sus propias posturas ideológicas, las cuales podrían discutirse y desarrollarse más adelante, con el propósito de determinar cuáles son las más adecuadas para construir un Chile sano y próspero.