Cómo prepararte para la IA sin caer en el pánico ni en la ingenuidad

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Ricardo Álrezguillos

5/13/20266 min read

En Chile —y sospecho que no somos los únicos— tenemos un problema cultural profundo: esperamos que las cosas ocurran para recién preocuparnos.

Lo vimos en la pandemia. Durante semanas, pudimos observar a la distancia cómo un virus devastaba Asia y Europa, cómo llegaba a países vecinos, cómo se acercaba. Y no hicimos nada. Estábamos demasiado ocupados en otra cosa.

Hoy se aproxima otro cambio de proporciones, y la historia parece repetirse. Ya convivimos con cifras de desempleo preocupantes, y lo que viene no ayudará a mejorarlas. Estoy hablando de la inteligencia artificial.

La inteligencia artificial no afecta a todos por igual.

Para quienes ya tienen experiencia, conocimientos sólidos o años en su profesión, la IA es una herramienta extraordinaria. Prácticamente de la noche a la mañana, pueden contar con algo muy parecido a un asistente altamente eficiente: alguien que no se cansa, disponible las 24 horas, capaz de procesar información en segundos y de aumentar significativamente su productividad.

Abogados, analistas financieros, programadores o profesionales con trayectoria pueden hacer más, en menos tiempo y con mejores resultados. En muchos casos, su rol pasa a ser supervisar, corregir o validar el trabajo que genera la IA, tal como lo harían con un recién egresado.

Pero en el otro extremo están quienes recién están comenzando.

Para un recién egresado —o alguien dando sus primeros pasos en el mundo laboral— el escenario es muy distinto. Muchas de las tareas que antes funcionaban como puerta de entrada —investigar, resumir, redactar, analizar información básica— hoy pueden ser realizadas por herramientas de inteligencia artificial, muchas veces de forma más rápida y eficiente.

La vara cambió, y eso plantea una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿cómo te preparas en un mundo donde el valor de la experiencia aumenta, pero las oportunidades para adquirirla pueden disminuir?

La inteligencia artificial no afecta a todos por igual

Como ya mencionamos, la inteligencia artificial no afecta a todos por igual. Para quienes tienen experiencia, la IA simplemente los potencia: el estudio de abogados de cinco personas ahora opera como si fueran diez o quince. El programador entrega en horas lo que antes tomaba días. El analista financiero ya no construye el reporte desde cero, sino que lo recibe casi listo y se concentra en lo que realmente importa: interpretarlo.

Pero ¿qué pasa con quienes recién están comenzando?

Esa es la pregunta que más me inquieta, y voy a ser honesto: no tengo una respuesta definitiva.

Hace poco más de un año creía haberla encontrado. Como muchos, pensé que la ingeniería de prompts —la habilidad de darle instrucciones precisas a la IA para obtener mejores resultados— sería la gran ventaja competitiva de los próximos años. Surgieron cursos, certificaciones, incluso carreras orientadas a eso. Parecía el camino.

Hasta que la propia IA avanzó lo suficiente como para instruirse a sí misma. Lo que hace un año era una habilidad diferenciadora, hoy es casi irrelevante.

Eso me enseñó algo importante: apostar por habilidades que la IA pueda aprender también es una carrera que no conviene correr.

Entonces, ¿en qué sí vale la pena invertir? En lo que la IA difícilmente podrá reemplazar. Y aquí es donde quiero detenerme, porque creo que hay algunas habilidades que seguirán siendo extraordinariamente valiosas sin importar cuánto avance la tecnología.

Habilidades que persistirán con o sin IA
1. Oratoria y Comunicación Efectiva

Hay algo genuinamente valioso en conversar con alguien que sabe expresarse bien. No se pierde tiempo con historias que comienzan por el final, no hay que adivinar qué está intentando decir, no hay rodeos innecesarios. La idea llega, y llega clara.

Pero la oratoria no es solo una virtud social. Es una herramienta de negocios de primer orden.

El analista financiero puede tener la mejor cartera de inversiones jamás diseñada. El estudio de abogados puede ser extraordinariamente eficiente gracias a sus herramientas de IA. El programador puede escribir código impecable. Pero nada de eso sirve de mucho si no son capaces de comunicarlo, de explicarlo con claridad, de convencer a otro de su valor.

Vender, persuadir, inspirar confianza, liderar una reunión, cerrar un trato: todo eso pasa por la palabra. Y por ahora, esa sigue siendo territorio humano.

¿Podría la IA reemplazarlo? Quizás algún día. Pero para eso primero tendrían que resolver el efecto del valle inquietante —ese fenómeno por el cual los humanos sentimos rechazo instintivo frente a algo que parece casi humano, pero no del todo— en los robots y humanoides que prometen desarrollar en los próximos años. Mientras eso no ocurra, una persona que sabe hablar, convencer y conectar con otros seguirá teniendo una ventaja que ningún algoritmo puede replicar fácilmente.

2. Inteligencia emocional

Durante mucho tiempo creí que bastaba con los conocimientos técnicos para tener éxito. Estudiar, especializarse, saber más que los demás. Esa era la fórmula.

La universidad y el trabajo me enseñaron que estaba equivocado.

No siempre triunfan los más inteligentes ni los más preparados técnicamente. Triunfan, con mayor frecuencia, quienes saben leer una sala, adaptarse a distintos tipos de personas, manejar conflictos sin incendiar relaciones y construir confianza de forma genuina. Quienes entienden que detrás de cada decisión profesional hay una persona con emociones, inseguridades e intereses propios.

A eso se le llama inteligencia emocional, y es una de las habilidades más subvaloradas en la formación académica tradicional.

Está íntimamente relacionada con la oratoria: de poco sirve saber expresarte bien si no eres capaz de leer al otro, de entender qué necesita escuchar, cuándo hablar y cuándo simplemente callarse. La comunicación efectiva no es un monólogo bien articulado — es un ida y vuelta que requiere sensibilidad y criterio.

Las personas con alta inteligencia emocional se posicionan en las estructuras sociales y profesionales de una manera que ningún título ni certificación puede garantizar. Se les abren puertas que el conocimiento técnico, por sí solo, jamás podría abrir.

Y por ahora, esa capacidad de entender y navegar la complejidad humana sigue siendo profundamente nuestra.

3. Habilidades prácticas y oficios

La inteligencia artificial es extraordinariamente buena replicando trabajo intelectual: redactar, analizar, programar, calcular, investigar. Todo aquello que ocurre en una pantalla, la IA lo hace cada vez mejor.

Pero hay un mundo que por ahora le es completamente ajeno: el mundo físico.

La robótica avanza, sí, pero está lejos de estar integrada en la vida cotidiana de una manera que represente una amenaza real para los oficios y las habilidades manuales. El electricista que diagnostica una falla, el soldador que trabaja en obra, el carpintero que construye algo a medida, el estilista que lee qué corte le queda bien a cada cliente — esas personas están, por ahora, en terreno seguro.

Y aquí hay una oportunidad concreta que pocas personas están viendo.

Aprender una habilidad práctica fuera de tu área habitual — electricidad, carpintería, jardinería, soldadura, corte de cabello, lo que sea — no solo es un pasatiempo entretenido. Puede convertirse en una fuente adicional de ingresos, en una red de contactos inesperada o simplemente en la satisfacción de saber hacer algo con tus propias manos en un mundo cada vez más abstracto y digital.

En un escenario donde la IA compite directamente con el trabajo intelectual, tener una habilidad que vive en el mundo físico es una ventaja que ningún algoritmo puede quitarte fácilmente.

La era de los polímatas

El mundo cambia demasiado rápido como para que yo me atreva a entregarte una lista definitiva de habilidades para los próximos años. Lo que hoy parece indispensable, mañana puede ser irrelevante — como aprendimos con la ingeniería de prompts.

Pero hay algo de lo que sí estoy convencido. Tendremos que abandonar un paradigma que nos acompañó durante décadas: el de aprender algo, dominarlo, y replicarlo de la misma forma por el resto de la vida profesional. Ese modelo funcionó bien en un mundo estable. Este mundo ya no lo es.

Lo que creo que será cada vez más valorado es algo distinto: la flexibilidad. La capacidad de saber muchas cosas que, a primera vista, no tienen relación entre sí — pero que en las manos correctas encuentran una conexión inesperada y poderosa. El abogado que entiende de finanzas. El programador que sabe comunicar. El técnico que también sabe negociar.

A eso los historiadores lo llaman ser un polímata. Y durante mucho tiempo fue visto como un lujo o una rareza. Hoy, creo que es una ventaja competitiva real.

Al final, la adaptabilidad no es una habilidad nueva para nuestra especie. Es precisamente lo que nos trajo hasta aquí. Fuimos cazados en las ciénagas de África y terminamos en la cima de la cadena evolutiva — no porque fuéramos los más fuertes ni los más rápidos, sino porque supimos adaptarnos mejor que cualquier otro ser vivo a un entorno en permanente cambio.

Ese instinto sigue siendo nuestro. La pregunta es si vamos a usarlo.

Iquique, Tarapacá - Chile

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© Ricardo Álrezguillos